viernes, 6 de febrero de 2009

FRED




Ahora que ya han transcurrido tres meses de aquella experiencia desagradable, me nace escribir sobre mi visita a los Estados Unidos, más para sacar del alma esta sensación de impotencia, que por dejar a la posteridad una pieza literaria. Las emociones encontradas se agolpan en la mente, esgrimiendo cada cual su motivo o razón, todas válidas. ¿Cómo iba yo a conocer las intenciones de Fred, que se mostró amoroso, tierno, amable, generoso, conmigo?, ¿Cómo iba yo a saber que ese rostro hermosamente varonil no era si no la máscara de un alma ya muerta, enferma a la luz de sus posteriores actitudes? Porque al inicio fue todo tan de maravillas, que incluso llegué a sentirme -a mis veintitrés-, la mujer más afortunada. No esperen que me describa, soy mujer y punto. Fred sí, el hijueputa ese -sin ofender a su madre-, que merece mi respeto. Alto, fornido, con un aire melancólico que a la primera sonrisa tumba, derriba cualquier muro de castidad que se le oponga en su andar taimado por la vida, porque es un mujeriego de primera y, peor… no, eso no lo diré aunque deba… me sacaré el clavo no diciendo lo que es, porque cuando me lo dijo a mí, mi abuela, yo no le hice caso. Así que para evitar la oposición en la actitud de las jóvenes como yo, evitaré describirlo en la aberrante oscuridad de sus procedimientos.

El viaje en sí fue lo de menos, lo que me importa es que viví (la Gran Manzana, The Park, Lotus, Rhone, Plaid, oh… ¡West Broadway!), amé locamente y sufrí la crueldad con que nos confronta la realidad cuando nos alejamos del nido, detrás del primer perfumista que se nos acerca. Porque no sólo era puto, el muy… ¿Qué decir?… Elegante en sus modales, siempre fue muy atento. Durante el día, íbamos religiosamente de galería en galería de arte… de museo en museo, mostrándome él, con su labia, los más recónditos secretos de la cultura norteamericana y, por la noche, la farra, la parranda, el jolgorio, de bar en discoteca. Hasta la noche en que me pasó la cuenta del hotel.

Esa noche, la más terrible de todas las noches de mi vida, sufrí la humillación de abofetear en público a un hombre. Yo, que tanto los he respetado. Y no sólo eso, si no verme conducida como una delincuente, junto a Fred, que trataba de engañar a los policías con el cuento de la billetera perdida, quizá en la disco… qué hijueputa… qué asco… a mí me soltaron dos días después y, al caer la noche, ya estaba entre las nubes -en tercera clase-, regresando a casa... deportada.

3 comentarios:

El Señor de Monte Grande dijo...

Historia repetida y cruel, lamentable que suceda.
Cuando la ficcion se hace realidad.

Un abrazo desde MG

Kafda dijo...

Es una escena típica en muchas culturas. Y como la chica lo comprueba, puede pasar hasta con un hermoso gringo en la Gran Manzana.

Pero está bien la experiencia, para desereostiparnos sobre ciertos males que se creen regionales. Somos, enhorabuena, ángeles y demonios, sólo que de diferentes colores e idiomas.

Besos poeta.

Anónimo dijo...

Mentar la madre respentando, es algo contradictorio y divertido, además que Fred no tenia mucho la culpa, quien le manda a ella.

Asaya.